martes, 19 de enero de 2016

Don Camilo ( Pepón, un noble alcalde) G.Guareschi

 La vieja maestra

EL monumento nacional del pueblo era la vieja maestra, una mujercita pequeña y flaca conocida de todos por cuanto había enseñado el abecé a los padres, a los hijos y a los hijos de los hijos. Ahora vivía sola en una casita un tanto alejada del poblado e iba tirando adelante con nada más que la pensión, porque cuando enviaba a comprar cincuenta gramos de manteca, o de carne o cualquier otro alimento, le cobraban por los cincuenta, pero siempre le daban doscientos o trescientos.
 Con los huevos el piadoso engaño no resultaba porque, aunque una maestra tenga dos o tres mil años de edad y haya perdido la noción del peso, la vez que pide un par de huevos y le dan seis, se da cuenta. Resolvió el problema el médico un día que la encontró y viéndola muy desmejorada le ordenó que eliminara los huevos de su alimentación, pues por lo que le dijo no le sentaban.

La vieja maestra infundía respeto a todos y el mismo don Camilo procuraba pasar de largo, pues desde el día en que desgraciadamente su perro había saltado en el huerto de la señora Josefina y le había roto una maceta de geranios, todas las veces que la vieja encontraba a don Camilo lo amenazaba con el bastón y le gritaba que existe un Dios también para los curas bolcheviques. No podía tragar a Pepón, quien, de niño, iba a la escuela con los bolsillos llenos de ranas, pajaritos y otras porquerías, y que una mañana llegó cabalgando en una vaca junto con aquel otro melón del Brusco, que le hacía de palafrenero. Poquísimas veces salía de su casa y no hablaba nunca con nadie, pues siempre había odiado la chismería, pero cuando le dijeron que Pepón había sido elegido alcalde y escribía manifiestos, entonces salió. Se dirigió a la plaza, se detuvo delante de un manifiesto pegado en el muro, se caló los anteojos y lo leyó de cabo a rabo ceñudamente. Luego abrió su bolso, sacó un lápiz rojo y azul, corrigió los errores y escribió al pie del manifiesto: ¡Asno!
 Detrás de ella estaban los más poderosos "rojos" del pueblo, que miraban pensativos, cruzados de brazos y apretando las mandíbulas. Pero ninguno tuvo el valor de decir nada.

 La leñera de la señora Josefina estaba en el huerto, detrás de la casa, y siempre la tenía bien provista, porque de noche no faltaba quien saltase el cerco y fuera a echar en el montón dos o tres leños o un haz. Pero ese invierno fue crudo y la maestra tenía demasiados años sobre sus pequeñas espaldas encorvadas como para no salir vencida. Así, no se la vio más por ninguna parte, ni tampoco se daba ya cuenta de que cuando mandaba a comprar dos huevos le enviaban ocho. Y una noche, mientras Pepón estaba en la sesión del Consejo, alguien vino a decirle que la señora Josefina lo hacía llamar y que se diese prisa porque ella para morir no tenía tiempo de esperar que hiciese su comodidad. Don Camilo había sido llamado antes y había corrido enseguida, sabiendo que se trataba de horas. Había encontrado una gran cama blanca y en ella una viejecita tan pequeña y tan flaca que parecía un niño. Pero no había perdido del todo los sentidos la vieja maestra y apenas vio la gruesa mole negra de don Camilo, soltó una risita.
 - ¿Le gustaría, eh, que ahora yo le confesara que he hecho un montón de indecencias? En cambio, nada de eso, querido señor párroco. Lo he llamado porque quiero morir con el alma limpia, sin rencores. Por lo tanto le perdono haberme roto la maceta de geranios.
 - Y yo le perdono haberme llamado cura bolchevique - susurró don Camilo.
 - Gracias, pero no era necesario - contestó la viejecita- . Pues lo que vale es la intención con que se obra, y yo lo llamé cura bolchevique como llamaba asno a Pepón, sin ánimo de ofender.
 Don Camilo, con dulzura, empezó un largo discurso para hacer comprender a la señora Josefina que ése era el momento de despojarse de toda humana prosopopeya, hasta de la más pequeña, para tener la esperanza de ir al Paraíso.
 - ¿La esperanza?- lo interrumpió la señora Josefina. ¡Yo tengo la seguridad de ir al Paraíso!
 - Este es un pecado de presunción - dijo don Camilo dulcemente. Ningún mortal puede tener la seguridad de haber vivido siempre conforme a las leyes de Dios.
 La señora Josefina sonrió.
 - Ningún mortal, excepto la señora Josefina - respondió. ¡Porque a la señora Josefina esta noche Jesucristo ha venido a decirle que irá al Paraíso! ¡Así, pues, la señora Josefina está segura, a menos que usted sepa más que Jesucristo!
 Ante una fe tan formidable, tan precisa e inequívoca, don Camilo quedó sin aliento y se retiró en un ángulo a decir sus plegarias.

 Después llegó Pepón.
 - Te perdono lo de las ranas y demás inmundicias - dijo la vieja maestra. - Te conozco y sé que en el fondo no eres malo. Rogaré a Dios para que te perdone tus grandes delitos.
 Pepón abrió los brazos.
 - Señora - balbuceó; yo no he cometido nunca un delito.
 - ¡No mientas! - replicó severamente la señora Josefina. Tú y los demás bolcheviques de tu raza habéis echado al rey, desterrándolo en una isla lejana para dejarlo morir de hambre junto con sus hijitos. La maestra se echó a llorar, y Pepón, viendo llorar una viejecita tan pequeña, sintió deseos de ponerse a gritar.
 - No es cierto - exclamó.
 - Es cierto - repuso la maestra, me lo ha dicho el señor Biletti, que oye la radio y lee los diarios.
 - ¡Mañana le rompo la cara a ese reaccionario inmundo! - mugió Pepón. Don Camilo, ¡dígale usted que no es cierto!
 Don Camilo se acercó.
 - La han informado mal - explicó suavemente. Son todas mentiras. Ni isla desierta ni muertos de hambre. Todas mentiras, se lo aseguro.
 - Menos mal - suspiró la viejecita tranquilizada.
 - Además - dijo Pepón, no fuimos solamente nosotros los que lo echamos. Hubo la votación y resultó que los que no lo querían eran más que los que lo querían, y entonces se ha ido, pero nadie le ha dicho ni hecho nada. ¡Así funciona la democracia!
 - ¡Qué democracia! - dijo severamente la señora Josefina. A los reyes no se los echa.
 - Disculpe - dijo a su vez Pepón, turbado. ¿Qué podía contestar?

 Luego la señora Josefina, algo más tranquila, habló.
 - Tú eres el alcalde - dijo-  y éste es mi testamento: la casa no es mía y mis pocos trapos debes darlos al que los necesite. Quédate con mis libros, que te hacen falta. Debes hacer muchos ejercicios de composición y estudiar los verbos.
 - Sí, señora - respondió Pepón.
 - Quiero un funeral sin música porque no es una cosa seria. Quiero un funeral sin coche fúnebre. Quiero que lleven el ataúd en hombros como se usaba en los tiempos civilizados, y sobre el ataúd quiero la bandera.
 - Sí, señora - contestó Pepón.
 - Mi bandera - prosiguió la señora Josefina. La que está allí junto al armario. Mi bandera, con el escudo.
 Y esto fue todo, porque después la señora Josefina susurró: "Dios te bendiga, aunque seas bolchevique, niño mío". Y cerró los ojos y no los reabrió más.

 La mañana siguiente Pepón convocó en la Municipalidad a los representantes de todos los partidos, y cuando estuvieron presentes les dijo que la señora Josefina había muerto y que la comuna, para expresarles el reconocimiento del pueblo, le tributaría solemnes funerales.
 - Esto lo digo como alcalde y como tal e intérprete de la voluntad popular los he llamado para que después no me reprochen haber procedido por mi sola cuenta. El hecho es que la señora Josefina ha manifestado ser su última voluntad que se conduzca el ataúd en hombros y sobre el ataúd quiere la bandera con el escudo. Diga aquí cada cual su opinión. Los representantes de los partidos reaccionarios hagan el favor de quedarse callados, pues de todos modos sabemos muy bien que serían dichosísimos si además trajéramos la banda para tocar la así llamada marcha real.

 Habló en primer término el representante del Partido de Acción; y hablaba bien porque era un diplomado.
 - ¡Por consideración a un solo difunto no podemos agraviar a los cien mil muertos con cuyo sacrificio el pueblo ha conquistado la república! ( "El pueblo",  concepto tan manoseado por algunos, arrogándose ser la voz de su sentir, cuando , en realidad, nada o muy poco les importa)
 Y siguió por este estilo, argumentando con mucho calor y concluyendo que la señora Josefina había trabajado con la monarquía, pero por la patria, y por lo tanto nada era más justo que sobre el féretro fuese desplegada la bandera que hoy representa a la patria.  (Es decir, reinterpretar a su particular interés,de modo torticero, la explícita voluntad de la muerta, incapaz ya, por tanto, de cotradecirle)

 - ¡Bien! - aprobó Begollini, el socialista, que era más marxista que Marx. ¡Ha terminado la era de los sentimentalismos y de las nostalgias! ¡Si quería la bandera con el escudo debió morir antes! ( Lo que estas gentes  pretenden es acabar con los valores y las tradiciones ajenos y comunes, e imponer las propias aunque sean contra natura y de colectivos minoritarios. El respeto hacia las convicciones ajenas no cuenta.)

 - ¡Bah, ésa es una estupidez! - exclamó el boticario, jefe de los republicanos históricos. Se debe decir más bien que hoy la ostentación pública de dicho emblema en un funeral podría suscitar resentimientos que desnaturalizarían la ceremonia, convirtiéndola en una manifestación política y disminuyendo, si no destruyendo, su noble significado. ( Desenterrar odios y resentimientos ya superados, al menos por la mayoría. Al mismo tiempo que dar una visión e interpretación parcial de la Historia común y de los símbolos patrios, convirtiendo a unos(los suyos) en patrióticos y los otros, sólo dignos de derrocarlos u objeto de mofa.)

 Tocóle el turno luego al representante de los demócratas cristianos.
 - La voluntad de los muertos es sagrada - dijo con voz solemne. Y la voluntad de la difunta es particularmente sagrada para nosotros, puesto que todos la amamos, la veneramos y contemplamos su actividad prodigiosa como un apostolado. Precisamente por esta veneración y este respeto a su memoria, somos del parecer que debe evitarse cualquier acto irrespetuoso, aunque mínimo, el cual, si bien enderezado a otro propósito, sonaría como una ofensa a la sagrada memoria de la extinta. Por eso, también nosotros nos asociamos a quienes desaconsejan el uso de la vieja bandera. ( La pasividad cómplice de tanto arraigo entre muchos, acaso mayoría de nosotros, quienes aún a sabiendas de la iniquidad o falsedad de las argumentaciones y todavía peor de los hechos , callamos cobardemente y dejamos hacer lo que sea, disfrazando nuestra cobardía de prudencia y respeto hacia el prójimo.¿Qué prójimo? – El que dilenque, grita,destruye,mata, roba, usurpa, viola...e incumple leyes, tanto humanas( civiles) como divinas.Y , al igual que José de Arimatea hizo, según escribió Papini, dejamos matar al inocente,  Jesús de Nazareth, y luego nos haremos cargo del entierro para acallar la voz de nuestra conciencia. En fin, ni demócratas y menos aún cristianos)

 Pepón aprobó gravemente estas palabras con un movimiento de cabeza. Volvióse luego hacia don Camilo, que también había sido convocado. Y don Camilo estaba pálido.
 - ¿Qué opina el señor párroco?
 - El señor párroco, antes de hablar espera escuchar el parecer del señor alcalde. (El silencio incomprensible de la autoridades religiosas en determinados momentos)

 Pepón se compuso la garganta y habló.
 - En mi condición de alcalde - dijo-  les agradezco la colaboración y como alcalde apruebo la idea de evitar la bandera pedida por la difunta. Pero, como en este pueblo no gobierna el alcalde sino los comunistas, yo, como jefe de los comunistas digo que me importa un comino el parecer de ustedes y mañana la señora Josefina irá al cementerio con la bandera que ella quiere porque yo respeto más a la finada que a todos ustedes vivos, ¡y si alguno tiene algo que objetar lo hago volar por la ventana! ¿Tiene el señor cura algo que decir? ( Pepón lo que hizo fue asumir la autoridad de su cargo, y, con valentía, tomó en solitario unas decisiones incómodas que , en apariencia, nadie respaldaba y más bien parecían que iban en contra del sentir popular allí representado por los dirigentes de los diferentes partidos y grupos municipales).
 - Cedo a la violencia - contestó don Camilo, sintiéndose volver a la gracia de Dios.

 Y así el día siguiente la señora Josefina marchó al cementerio en su féretro, cargado por Pepón, el Brusco, el Pardo y Bólido. Los cuatro llevaban al cuello pañuelos rojos como el fuego, pero sobre el ataúd iba la bandera de la señora maestra.

 Cosas que suceden allá, en ese pueblo extravagante donde el sol martillea en la cabeza de la gente y donde la gente razona más a palos que con el cerebro, pero donde por lo menos se respeta a los muertos.



15 de enero de 2016: Más arriba he reproducido al completo(copiado y pegado) el capítulo 35 de la para mí imperecedera obra de Giusseppe Guareschi , "El pequeño mundo de  Don  Camilo". Un maravilloso libro,  como lo  clasifica la página web, de donde he sacado el citado capítulo. Pasaje en el que con suma maestría, dulzura, suave ironía y algo de humor, su autor, el escritor italiano Guareschi, plasmó  unos personajes universales, con acciones también universales, circunscritas por él a un rinconcito de la bota italiana, pero reproducibles en la vida real en cualquier lugar del mundo en donde sus gentes se ven enfrentadas y diferenciadas por cuestiones ideológicas. Pero hermanadas como  gemelos idénticos, en las bondades intrínsecas de sus corazones. Unos corazones nobles, en la obra encarnados e inmortalizados por los personajes de Don Camilo, (de derechas) y Peppone( de izquierdas). Porque, y esta es la principal enseñanza que Guareschi nos quiso dejar en este capítulo de su libro, el  ser cabal, noble, sincero, actúa guiado por su conciencia,  por los dictados de su conciencia, sobreponiendo lo que ésta le indica es  justo a las argumentaciones y lógica de lo que se entiende como correcto, diplomático, o dentro de las reglas vigentes,  es decir,  fuera de los   razonamientos lógicos   y  también de las oportunistas  razones y conveniencias , tanto ajenas como propias, del momento y lugar. Aquí, particularmente, representado este ser cabal, en la figura de Peppone, el rústico alcalde comunista, en quien su respeto y consideración a su temida maestra, fue superior a los comedimientos y formalidades . ¡Chapeu( olé) por Pepón! Unos cuantos, con autoridad suficiente, querría yo para la realidad inmediata española, que como aquél fueran capaces de imponer la verdadera voluntad del pueblo manifestada el pasado 20 de diciembre de 2015, cuando mayoritariamente votó a los Populares con Rajoy como cabeza de lista.





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23 de enero de 2016: AUTOCRÍTICA. En contra de lo más arriba manifestado por mí, este Capítulo 35 de la inmortal obra de Guareschi, resulta inolvidable, así como sus enseñanzas, porque nos habla de bondad, de renuncia, de la vocación sincera y desinteresada de una maestra rural y del reconocimiento de su generosidad y entrega por parte de aquellos que como el noble bruto de Peppone fueron destinatarios de sus desvelos.  La vieja maestra es descrita como un ser físicamente pequeñito y delicado, pero espiritualmente inmenso e irreducible como su fe en Jesucristo.  Así, pues, me corrijo y deseo que existan muchas (y muchos)“ Señoras Josefinas", capaces de como ella, inculcar en sus aprendices, incluso en los aparentemente más lerdos( "asnos"), tan supremos valores de moral y humanidad, como los aquí mostrados por Peppone y sus compinches. 

"Y así el día siguiente la señora Josefina marchó al cementerio en su féretro, cargado por Pepón, el Brusco, el Pardo y Bólido. Los cuatro llevaban al cuello pañuelos rojos como el fuego, pero sobre el ataúd iba la bandera de la señora maestra." ¡ Qué bonito y tierno final! ¡Cuán contenta marcharía de este mundo la viejita llevada en volandas por aquellos hombretones de ideología política tan diferente a las suyas, pero los únicos verdaderamente respetuosos con su última voluntad.¡Unos hombres cabales!