miércoles, 23 de septiembre de 2015

Los cipreses creen en Dios, por José María Gironella


Es un libro grueso, de setecientas veinticinco páginas de letra menuda,  escrito por José María Gironella (*), Planeta, año 1987. En el prólogo, fechado en el verano de 1952, el autor advierte que la elección de la ciudad de Gerona (Girona), es sólo un recurso literario, y no implica que muchos de los acontecimientos descritos hayan tenido allí su escenario real. Al respecto, el autor literalmente dice: ... "lo que me ha importado no es el inventario, sino la vida. Ahí sí desearía no haber errado. Consecución de una atmósfera y creación de unos personajes. Que una y otros sean auténticos: esto es lo que primordialmente me interesa".

 
El libro fue escrito entre abril de 1949 a marzo de 1952.



 (*) Entonces(primer semestre del 2006)  no busqué  datos sobre el autor del libro. Lo dejé intencionadamente para el final, para cuando hubiera acabado mi tanda de comentarios. En este caso concreto, no quise dejarme influenciar por la biografía o perfil del autor, aunque conocía que era un afamado escritor, autor de varios libros acerca de la Guerra Civil Española.


Con su lectura- advierto - sufrí y me hizo cuestionar  si lo leído era ficción pura, o sea, creación fruto de la imaginación del autor, o, por el contrario una narración novelada de la triste realidad. Mi experiencia personal como consecuencia de la cotidianidad  presente, año 2006 (1),  me lleva, de modo pesimista, por entenderla como expresión de la realidad, es decir,  fueron verdaderos  muchos de los hechos y circunstancias aquí narrados y verosímiles los personajes descritos o desarrollados en esta singular novela. Y, en suma, en esta cuestión,   se halla – al menos para mí - el mayor valor e interés de este grueso libro, ser testimonio de la realidad de una época. Desde luego, ¡una triste época!



A pesar de que no me agradan los libros que abordan  temas  que muestran el lado más oscuro de nuestra humana naturaleza, entre los que esta novela se halla, su lectura me resultó muy interesante.



En cuanto al título de la novela preciso que los cipreses son esos árbolillos largos que en España solían o suelen circundar el vallado de los cementerios. Costumbre que permite identificar, desde lejos, los lugares donde se guardan los restos de aquellos de nosotros que ya se han ido de este mundo. Particularmente, reconozco que no alcanzo a comprender el significado cierto del título de esta obra. (2)



Aclaro que mis comentarios acerca de esta interesante novela se han centrado en determinados personajes, aquellos para mí más peculiares de la época descrita y prototipos del comportamiento humano. Los hay, pues, buenos, malos y menos malos. Personajes muy verosímiles y otros menos creíbles. Sus  protagonistas indiscutibles son los  Alvear, los miembros de una modesta familia que vive en Cataluña, proveniente de otros lugares de España, y su lengua materna es el castellano. La componen,  los padres (madrileño-vasca) y tres hijos, dos chicos y una chica.   En el año 1931, fecha a partir de la cual se inicia la narración,  son todavía unos niños.  Las historias en torno a este grupo constituirán el meollo de la ficción, hasta su final, en 1936, en los primeros meses tras el estallido de la guerra civil.



El grupo protagonista, los Alvear, representan a un tipo medio de la familia española de entonces: el padre , sostén único de la familia; la madre una fiel creyente cristiana, buena cocinera y  buena ama de casa, que vela y cuida por sus hijos tal gallina clueca a sus polluelos, indiferente a toda cuestión política o ideológica en cuya materia no tiene opinión propia ni tampoco le importa, porque entiende, está convencida de ello, que lo suyo es la cuida de su familia y del hogar,  y a este objetivo encamina sus desvelos  afanándose en  los elementales cuidados y atenciones tanto de lo material como de lo espiritual de la educación de sus hijos.



César, uno de los hijos de la familia Alvear, es el más inverosímil de todos los personajes de la novela. Bueno, así lo creo yo. Es un santo, un alma humilde y pura. Ama todo lo por Dios creado: su familia, los animales, la Naturaleza... San Francisco y Santa Clara (3) son sus grandes referencias. Con este personaje es el más difícil, pienso, de identificarse. Criado en un ambiente de arraigada cristiandad, el muchacho muestra una vocación temprana hacia el sacerdocio y con trece años pide a su familia se le permita ir al seminario para ser cura. La modestia de los ingresos familiares hace que el muchacho ingrese como fámulo (criado) en el Seminario del Collell, en donde a la par que trabaja estudia. Más lo primero que lo segundo. Su aspecto físico, tal como es descrito en la novela, es ridículo: cabeza rapada, grandes orejas, muy alto y flaco, lo cual le dota, por otra parte, de singularidad.  Distintivo que no termina en su aspecto, sino que crece con su manera de obrar. El chaval es bueno, y bueno con y hacia todo el mundo. Su madre, "escuchándole, veía en cada una de sus palabras la gracia de Dios". Todo corazón y no cerebro. Le era más fácil rezar que argumentar. No es el personaje al que más capítulos y párrafos se hayan dedicado, pero, creo, que es crucial para el entendimiento del fondo argumental de la novela. En julio del 36 cursaba el tercer año del Seminario. Es realmente un personaje candoroso.



En la novela aparecen otros dos personajes de religiosos u hombres de Dios.

Mosén Alberto, un cura de gran ascendente espiritual sobre la madre de los Alvear, y también entre las capas altas de la sociedad descrita en la novela, con las cuales alterna maravillosamente. Ama las dignidades y comodidades mundanas y dirige un museo diocesano, el cual - según por lo que en la trama se cuenta -  está más por las cuestiones materiales y "lo catalán" que por divulgar y, sobretodo, cumplir las enseñanzas evangélicas. Es la imagen de un mediador de Dios que, al parecer,  no ha comprendido bien la importancia y significado real de su papel en el grupo social,  tal vez olvidado o quedado algo rezagado en algún recoveco de su corazón y del entendimiento. Está más con los de arriba que con los de abajo, con los que tienen y les sobra, que con los que no tienen nada y aún les falta para comer. Descrito, no obstante, como buen conocedor de los dogmas del Catolicismo pues se ocupa de la confección de catecismos. Rudimentos de fe que hace imprimir sólo en lengua catalana, cuando creyó propicios los tiempos. Al parecer, entendía que su sacerdocio se ceñía sólo al cuidado de las almas de los catalanes, especialmente de los ricos e influyentes. Los sucesos posteriores brindarán a este sacerdote ocasión de reflexionar sobre sus equivocaciones y errores.


El tercer religioso es Mosén Francisco, un sacerdote cristiano. Es decir, un hombre de Dios que está con los que sufren, con los que han errado, con los pecadores,... luchando, sin parar, para conciliar a la criatura humana con su Creador.



Antes hablé del bueno de César, personaje para mí - como ya dije - irreal, ahora toca hablar del malo, malísimo, pero a mi entender mucho más verosímil que aquél. Este tipo humano se puede dar en cualquier grupo social: es aquel individuo surgido como quien dice de la nada, hipócrita a la par que oportunista, calculador hábil de ilimitada ambición personal y sin ningún tipo de escrúpulos morales. No cree en nadie ni en nada. Él y sólo él. Son las características que le adornan, pero que con habilidad disimula bajo la apariencia de un ser campechano, muy bien relacionado y conocidos influyentes, amigo de favores y de camaleónica adaptación a las circunstancias y al momento. Hablo de Julio García, personaje de la novela encarnado por un policía,  amigo de la infancia del padre de los Alvear y como éste natural de Madrid, de humilde origen familiar, similares convicciones republicanas y anticlericales y funcionarios los dos, uno del cuerpo de Policía, y el otro de Telégrafos, con destino, ambos, en Girona.

La muy diferente situación económica de los Alvear, modestísima, haciendo como vulgarmente se dice “encaje de bolillos” con el sueldo del padre, única fuente de ingresos de la familia, contrasta con la del policía, propietario de un espléndido piso bien acondicionado y un tren de vida elevado. Lo cual es un misterio para muchos.



Transcribo a continuación un párrafo que bien muestra cómo se desenvolvía el personaje:



"Lo cierto era que el policía resolvía siempre las situaciones con sutil precisión psicológica. El problema de la hostilidad catalana no le afectaba, por madrileño que fuera. Su actitud había sido radical: dárselas de más catalanista que los propios catalanes. En la Rambla bailaba sardanas hasta quedar exhausto y pronunciaba el nombre de Maciá en tono de visible emoción"



Al leer el párrafo anterior, no pude eludir  de mi mente el recuerdo de algunas de las figuras de la actual realidad política catalana que, al igual que el policía García siendo ellos mismos, o sus progenitores, de otras zonas de España, se han convertido en paladines de la causa de sacar adelante el controvertido - llamémoslo así- nuevo estatuto catalán(4), y montan numeritos públicos de esteticidad catalanista para así, supongo, ganar méritos y no les tengan en cuenta sus orígenes "xarnegos"(léase “charnegos”, expresión peyorativa hacia los que no son catalanes de origen).



Sin embargo, no son las cualidades personales de Julio, el policía, las que me han hecho calificarlo de "malo". No, ciertamente; sino por el papel desempeñado en la novela, la de un servidor público que  usó su cargo, en este caso concreto de responsable de la seguridad ciudadana, en momentos tan críticos para el colectivo protagonista de la historia, no en su favor, sino en su contra. Y cuyo mal hacer originó  los sucesos descritos por Gironella  en su novela, localizados por el escritor en la ciudad catalana de Girona, escenario principal en el que se desarrolla la trama novelística, en los días inmediatos al levantamiento militar contra el gobierno legítimo de la República, el 18 de julio de 1936. Personaje que en lugar de emplear su autoridad para guardar el orden y la integridad de la totalidad de la población,  con programada intencionalidad, es decir, mala fe, dejó que los ánimos de la chusma se exacerbaran hasta provocar los desmanes y  muertes de los sucesos trágicos que ponen fin a esta larga ficción.

 

Descripción cuya lectura deja una huella amarga. Sentimiento  que crece cuando,  acudiendo a los libros de Historia, lees que sobre el veintitantos de agosto del 36, en Madrid, ocurrió acontecimiento similar a la ficción  contada por Gironella. (“La Historia se confiesa”, de
Ricardo de la Cierva, Ed. Planeta, tomo 3, pág.10).







Conclusiones ( y fin)

Después de leer este vasto libro reflexiono  que todos los seres humanos y más aún los que formamos parte de colectivos humanos con diferencias culturales, raciales, ideológicas y/o de fe religiosa, pero dentro de un mismo entorno geopolítico e histórico, no deberíamos dejarnos arrastrar por las diferencias en materia de nuestras ideas políticas, o de nuestras particulares creencias religiosas, o de los métodos y formas que conlleva determinada praxis política hasta extremos tales como los, lamentablemente, acontecidos en el pasado siglo XX, en la historia de España, novelados magistralmente por Gironella en este libro; quien supo reflejar en su obra ese espíritu de contienda y disensión que se había apoderado de las gentes de España.


En resumen y para terminar, la novela me gustó. En ella están bien reflejados, al menos desde mi modesto entender, a través de la multiplicidad y variedad de los personajes junto a  la proliferación de anécdotas y pasajes , algunos tomados de los periódicos de la época,- la situación y el ambiente de la España de 1931 a julio de 1936, inicio de la Guerra Civil.



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31 de agosto de 2016: Tenía pendiente de leer acerca de la biografía del autor, José María Gironella. Seguidamente copio y pego información sacada de la web biografiasyvidas.com en relación a las características principales  de sus obras:

"Autor de éxito en los años que precedieron al tardofranquismo, sus obras pretendían ser una crónica objetiva de los acontecimientos históricos de la España reciente(... )alcanzó la popularidad gracias a la trilogía Los cipreses creen en Dios (1953), Un millón de muertos (1961) y Ha estallado la paz (1966), en las que recurrió a las fórmulas narrativas tradicionales para reflejar a través de tramas cruzadas la impresión personal sobre unas realidades intensamente vividas. La primera de ellas aborda los antecedentes inmediatos de la Guerra Civil, mientras que la segunda se centra en los años de la contienda y la tercera versa sobre la época de posguerra. A pesar de su enfoque simplificador y maniqueo, estas obras tienen interés por su vocación testimonial y la capacidad del autor para entrelazar lo novelesco y lo histórico, seleccionando hábilmente tipos, rasgos y situaciones pintorescas que alcanzan la categoría de documento