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lunes, 17 de agosto de 2026

De la novela "Hospital de sangre "de Frank G. Slaughter al espigón del Tarajal, en Ceuta , España, Europa.






En Hospital de sangre, Frank G. Slaughter describe ese hospital improvisado junto al frente: tiendas de campaña pegadas al barro, barcos convertidos en quirófanos, médicos atendiendo a heridos de uno y otro bando mientras la guerra respira a pocos metros. Aquella precariedad —cruda, urgente, inevitable— tenía al menos una justificación: estaban en mitad del campo de batalla.

Pensar en Ceuta hoy obliga a una comparación incómoda y nos induce a la necesidad de levantar allí un auténtico “hospital de sangre”, un hospital de campaña estable mientras dure la crisis, con medios suficientes, personal formado y protocolos centrados en salvar vidas. Lo cual no sería una extravagancia literaria, sino la mínima exigencia de humanidad por parte del Estado español. Preparar dispositivos de rescate y atención médica como si se tratara de una operación militar de salvamento —y no de una simple gestión policial— es lo que dicta la realidad, no la retórica institucional.

La literatura, pienso,  a veces, ilumina lo que la política prefiere oscurecer. Slaughter imaginó hospitales que se montaban donde hicieran falta, sin excusas, sin burocracia, sin miedo a reconocer la magnitud del sufrimiento. Y hay momentos, como en Ceuta ahora, en los que la dignidad humana exige actuar con la urgencia de la guerra, aunque los comunicados oficiales insistan en hablar de normalidad.