El
fenómeno migratorio y su problemática es un factor en constante crecimiento en
todos los países avanzados europeos, entre los cuales es contada España, con dos
ciudades autónomas, Ceuta y Melilla, y el Archipiélago Canario, las unas en el
norte del continente africano y las islas en la plataforma africana,
colindantes, además, con Marruecos, monarquía teocrática, país emergente con
enormes desigualdades, cuyos habitantes buscan en otros territorios mejorar sus
precarias condiciones de vida tanto económicas, como políticas y sociales.
La
crítica situación creada en Ceuta por la invasión de más de setenta mil
personas a finales de julio pasado, ha traído a mi memoria la novela de Nevil
Shute, “Aquel país lejano”, cuya trama se desarrolla en la Australia de los
años cincuenta, inmediatos a la SGM. Ver comentario: silvialeyendo: Aquel
país lejano, Nevil Shute.
En
la novela, el protagonista masculino, Carl Zlinter, es un médico checo emigrado
a Australia que trabaja como jornalero en un campo de tala de árboles. Pues, según las normas migratorias
australianas de la época, los emigrantes además de ser de raza blanca, estaban
obligados a trabajar dos años para el gobierno antes de obtener la ciudadanía, viviendo
mientras tanto, creo recordar, en lugares y estancias prefijadas por la
administración australiana.
En
la obra de Shute, destacan las normas migratorias vigentes en Australia en la
época descrita, según las cuales los recién llegados debían trabajar dos años
para el gobierno antes de obtener la ciudadanía. Un compromiso real, pensado
para asegurar mano de obra en un país joven y en expansión, y para seleccionar
a quienes estuvieran dispuestos a contribuir de manera efectiva a la
construcción nacional.
Hoy,
cuando España afronta episodios tan extremos como la entrada masiva de decenas
de miles de personas en Ceuta, la política australiana que describe Shute —el
requisito de trabajar dos años para el Estado antes de acceder a la ciudadanía—
adquiere una resonancia inesperada. No porque debamos copiar modelos pretéritos
sin más —cada país y cada época tienen sus circunstancias— sino porque la
noción de ciudadanía como responsabilidad compartida ha desaparecido casi por
completo del debate público. Se habla de derechos, de acogida, de
integración… pero muy poco de obligaciones, de reciprocidad, de los límites
materiales y sociales que cualquier Estado debe gestionar para no fracturarse.
La
crisis ceutí ha mostrado, con crudeza, que un sistema migratorio sin criterios
claros, sin mecanismos de integración real y sin exigencias verificables,
termina generando un doble daño: para quienes llegan y para quienes ya viven
allí. Y en ese vacío de responsabilidad —política, administrativa y moral— la
ciudadanía se convierte en un concepto difuso, casi sentimental, desligado de
la realidad.
La
novela de Shute nos recuerda que la
prosperidad de un país se sostiene con normas que articulan la convivencia y en
compromisos que todos deben asumir.Y por tanto sea imperiosa la necesidad de reglas
que permitan que la comunidad funcione sin que unos paguen el precio del
desorden que otros generan.
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