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martes, 30 de diciembre de 2014

La pequeña Dorrit, Carlos Dickens

(Comentario revisado y ampliado en septiembre de 2026.)


Se acaba el año 2014 y aún tengo pendiente de comentar tres de los libros que durante su curso leí. Así que me pongo a escribir para ver de concluir con el año las tareas pendientes. Empezaré por el más antiguos de los leídos, La pequeña Dorrit, novela de Carlos Dickens, Editorial Bruguera, 6ª edición, marzo 1973, Colección Historias, Serie Clásicos Juveniles, nº 19, traducción Enrique Martínez Fariñas, ilustración de sobrecubierta de Bosch Penalva, ilustraciones interiores de Jaime Juez Castellá. Título original: “Little Dorrit”.

Hace ya unos cinco o seis años leí “Oliver Twist”, cuyo comentario dejé pendiente, y luego, cuando quise hacerlo, me sentí incapaz.  No quiero que con La pequeña Dorrit me pase igual, porque su lectura me resultó amena y, sobre todo, ilustrativa por los contrastes entre la sociedad británica que retrata Dickens y la España actual.

La novela parte de una realidad que hoy nos parece increíble: los deudores morosos eran encarcelados junto con sus familias. Dorrit, la protagonista, nace y vive en la prisión de Marshalsea, donde la pobreza no es una circunstancia, sino una condena hereditaria. Según describe Dickens, “había una prisión mucho más severa para contrabandistas, donde también se encerraba a los infractores de las leyes de impuestos y de tarifas aduaneras”. Esta particularidad fue uno de los motivos que me llevó a continuar leyendo, pese a que el inicio no me atrapó.

La historia es sencilla en su superficie: el amor y la ejemplaridad moral de Amy Dorrit, abnegada, trabajadora y generosa, y de Arthur Clennam, que intenta actuar con rectitud en un entorno que premia lo contrario. Pero lo que realmente destaca es el trasfondo social. Dickens denuncia un sistema donde la burocracia, la desigualdad y la corrupción forman parte del paisaje cotidiano.

Y aquí es donde el paralelismo con España se vuelve inevitable. En la novela aparece un especulador financiero admirado por todos, convertido en símbolo de éxito, hasta que sus fraudes salen a la luz y pone fin a su vida incapaz de soportar el descrédito. En la Inglaterra victoriana, el deshonor tenía consecuencias. En la España contemporánea, en cambio, hemos visto cómo banqueros, altos cargos y gestores públicos han arruinado a miles de familias sin perder ni reputación ni privilegios. Algunos incluso han sido premiados con nuevos puestos, nuevas puertas giratorias y nuevas oportunidades para seguir gestionando lo que no es suyo.

Dickens escribió una crítica moral de su tiempo; nosotros vivimos una repetición sin la misma exigencia ética. La ejemplaridad de Amy Dorrit y Arthur Clennam —su decencia, su sentido del deber, su dignidad— contrasta con un sistema que premia la irresponsabilidad y castiga la honestidad. La Inglaterra victoriana tenía sus sombras, pero al menos reconocía la vergüenza. La España contemporánea parece haber perdido incluso ese mecanismo de defensa.

Por eso La pequeña Dorrit no es solo una novela clásica: es un recordatorio incómodo de que las sociedades cambian menos de lo que presumen. Dickens denunció un mundo injusto hace más de siglo y medio. Nosotros seguimos viviendo en él, convencidos de que es inevitable.