Estoy leyendo “Orgullo y prejuicio”, novela escrita por Austen con sólo veintidós años.
Hace unos años, leí otra de sus obras, "Sentido y sensibilidad”, ambas, creo, llevadas al cine. En las dos, sus protagonistas son jóvenes casaderas. Los dilemas planteados surgen por los convencionalismos sociales y económicos de la época. Particularmente, me resulta asombroso que un país como Gran Bretaña tuviera leyes tan injustas para las mujeres cuando sus ordenamientos jurídicos fueron precursores de ideas y doctrinas que inspiraron los derechos del hombre y del ciudadano defendidos por la Revolución Francesa de 1789. ¡Qué paradoja!
También me asombra la madurez que refleja a tan temprana edad la escritora inglesa, el conocimiento profundo de temperamentos y prototipos humanos, así como su manera de ilustrar las características de éstos con hechos que nos hacen ver, con claridad, la virtud o el defecto en cuestión. Mi admiración crece aún más al recordar su juventud, y el modesto entorno familiar, padre clérigo y numerosos hermanos, en que se desenvolvió. Por otro lado, ¡jamás salió de ese ambiente!
Austen aprovechó su obra para denunciar la injusta situación de la mujer en el tema de legados y contratos matrimoniales. Injusticia grave que, en aquel entonces, favorecía que el matrimonio - cualquier tipo de matrimonio- fuese el único futuro deseable por aquellas mujeres, puesto que una buena educación e inteligencia no les aseguraba nada. Me resulta reconfortante pensar que la mujer, al presente, y al menos las de países de cultura occidental, hayan y puedan superar situaciones, de hecho y de derecho, tan injustas y discriminatorias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario