miércoles, 19 de marzo de 2008

El hombre del traje gris. ( 0, “los chicos de oro”) Sloan Wilson, octubre 2004


Es una edición de Editorial Bruguera, año 1978, traducido por Miguel García Giménez. Título original:"The man in the grey flannel, suit”.  Basada en el libro hay una película de igual título, protagonizada por Gregory Peck y Jennifer Jones. La trama principal acontece en 1953, aunque entremezclada con  recuerdos e historias del pasado del protagonista referido a la II Guerra Mundial, en Italia.
Lo que más llamó mi atención de esta novela fue que la situación descrita allí, a mediados de los años cincuenta,  en los Estados Unidos, acerca de los dilemas laborales a los que se enfrentan los altos ejecutivos   de una gran empresa radiofónica, United Broadcasting Corporation, también describe, según creo,  la de los empleados  ejecutivos de una gran empresa española del presente.
El problema crucial planteado al protagonista, Tom Rath,  es que si quiere progresar y ascender en la empresa debe renunciar a su vida personal y familiar, a su tiempo libre y también a su identidad.  Cosa que no le apetece porque tiene claro que el trabajo no es un fin en sí mismo, sino sólo un medio. Postura contraria a la de su todopoderoso jefe y presidente de la compañía. Un dios para los suyos; pero nada ni nadie fuera de este entorno. Un ser bastante mediocre que se ha buscado a otros dos más simples que él; pero muy obligados con él porque le deben todo lo que son y tienen .
Me agradó el personaje del juez Bernstein. Un ser justo, que aplica el sentido común para aplicar justicia. De todos los personajes descritos, según creo, el más ficticio. Porque, desgraciadamente, no se dan esta clase de personas en el mundo real. Pienso yo que no; acaso me equivoque.
En "El hombre del traje gris", queda bien reflejado el mundillo de la alta ejecutiva empresarial, encarnado en la novela  por Hopkins, el presidente de la compañía, otros dos directivos  y los empleados más inmediatos. Pienso que quien trabaje o haya trabajado en una gran empresa sabe cuán ciertas son las anécdotas y los hechos expuestos en la obra. Sloan Wilson no inventó nada. Su mérito ha consistido en dar cuerpo a esa realidad de la mediocridad usual en los que ocupan los más altos puestos en las grandes corporaciones. Cuyo haber principal, en la mayoría de casos, radica en estar donde están; comportándose como reyezuelos absolutos. Se rodean de un séquito de seres similares a sí mismos; caracterizados todos por una común desmedida ambición de riquezas y de poder. No escatiman esfuerzos para conseguirlos. Subir, escalar puestos, ese es el único objetivo verdadero. Detrás, caídos o abandonados a su suerte, dejan familia, amigos, valores, dignidad...todo. Para contrastar lo dicho, sólo hay que fijarse en cualquiera de esas tan conocidas empresas como, por ejemplo, los grandes grupos financieros, telefonía, grandes constructoras, etc.. Se advertirá que sus más altos directivos (presidentes, consejeros delegados, directores generales…) como el Hopkins de la novela, al mismo tiempo que presidente, o vicepresidente, o consejero delegado de un grupo de empresas, lo son también de fundaciones, agrupaciones gremiales, artísticas o de clubs de fútbol. Todo a la vez. Cuando se celebra la junta general de accionistas, momento y lugar para que estos señores rindan la debida cuenta, en muchas ocasiones (al menos, aquí, en España) es un apaño, donde el quórum preciso está asegurado por la obligada asistencia de los más allegados de la plantilla. Por lo demás, una representación teatral para que la figura de sus altos directivos brille tanto como el lucero del alba, aunque, la más de las veces, sea tan opaca como Luna Nueva.
Los privilegios que ostentan estos ejecutivos son un rosario de agravios comparativos con el resto de los empleados de la empresa. Quizás el mayor o más ostentoso, sea su retribución. Es decir, sus sueldos anuales de cifras millonarias, a los que hay que añadir las opciones sobre acciones, fondos de pensiones multimillonarios, seguros en paraísos fiscales, etc. etc. No pongo nombres concretos, porque es práctica generalizada en este tipo de compañías.
Otro monopolio arrogado es poder envejecer en el sitio de trabajo. Quede claro que no digo trabajando. Muchos superan los sesenta y puede que hasta los sesenta y cinco y allí están. Algunos incluso han cambiado los estatutos de la sociedad para prolongarse ad infinitum en el poder. Para los escasos casos de cese, el abandono de la poltrona conlleva el embolso de multimillonarias cantidades.
Por último, no quiero dejar de mencionar la impunidad que disfrutan, ya que si las estrategias y decisiones empresariales por ellos tomadas para el grupo empresarial resultan equivocadas, con consecuencias económicas graves, pues… ¡no pasa nada! Siguen tan airosos en el cargo. Aquí el mejor ejemplo lo tenemos en las fabulosas inversiones en Iberoamérica llevadas a cabo por las multinacionales españolas, de cuyas consecuencias y trascendencias prácticas la opinión pública española no tenemos información precisa.Por todas estas razones, pienso que un título alternativo para la novela podría haber sido “Los chicos de oro”
Tal como se ve (lee), nada he dicho del común de los mortales “Tom”, el protagonista, ni de sus problemas familiares, contados en la novela. Me fui, como tantas otras veces, por los Cerros de Úbeda.